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Coitus Interruptus

septiembre 8, 2011

El sábado fue el triatlón de Guadalajara. Desde que pagué los 90 euracos de la inscripción, hará cosa de un mes y medio, andaba yo cavilando sobre la elevada cuestión de si era lo adecuado dar por terminada la temporada allí mismo, o si merecería la pena alargarla un poquito, y hacer el de Tossa de aquí a una semana. Y quien sabe si en un arrebato de última hora decidir que a la mierda y apuntarse al Challenge.

Sin haber resuelto el dilema me fui a dormir el jueves pasada la medianoche, después de un largo viaje en coche desde Granada a casa de mis padres en Cerceda, en la sierra madrileña. Y todavía andaba rumiando los pros y los contras a la mañana siguiente, cuando bajé a pasear a los perros, y descubrí que durante la noche unos buenos samaritanos habían decidido por mí…

Hijo de puta, hay que decirlo más.

Como decía aquel, vistos los huevos, se sabe que es macho. Y ahora es muy fácil decir que fue una estupidez dejar una bicicleta que viene a costar el salario medio español de un mes toda la noche en el maletero, que es una cosa muy golosa y normal que te la roben. Pero mira, ingenuo yo no pensé que un pueblecito de la sierra, medio vacío porque los veraneantes ya se han vuelto a la ciudad, fuera a resultar un territorio sin ley.

Y claro, sin bicicleta, ni triatlones, ni temporada, ni hostias. ¡Resulta que llevo de off-season más de un mes, y ni me había enterado!

Donde quiera que estés, querida Wendy, así se te reviente una rueda en cualquier descenso, y el hijo de puta que te monte acabe en el fondo de un barranco con la columna rota, lejos de donde nadie pueda verle u oírle, y muera una muerte lenta, dolorosa y horrible. Amén.