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Nasío pa corré

junio 24, 2010

Ya escribí hace tiempo sobre Daniel E. Lieberman. Antes de convertirse en el paladín de los sin zapatos, este catedrático de biología evolutiva humana de la universidad de Harvard tuvo otro minuto de gloria en el 2004. Fue cuando, de nuevo Nature, le publicó otro artículo,  Endurance running and the evolution of Homo, que no, no significa Los que corren son todos maricones

De nuevo el tema iba en portada, con el sugerente título de Born to run, o sea Nacido para correr. Y es que el artículo sugiere que la carrera de resistencia es el rasgo característico de los antecesores del hombre, que dejamos de ser monos hace cosa de un par de millones de años, cuando nuestros antepasados, que ya llevaban por lo menos otro par de millones de años andando sobre dos patas, dejaron de caminar y echaron a correr.

¿Que qué tendrán que ver los cojones para comer trigo? Pues mucho, porque correr habría sido lo que permitiera a los monillos cazar, y conseguir la alimentación rica en proteínas que se requiere para desarrollar y alimentar un cerebro sobredimensionado como el nuestro. Porque estamos sorprendentemente bien adaptados para la carrera de resistencia. Si tratas de atrapar un antílope al sprint, el bicho te da sopas con honda y esa noche te vas a la cama con el estómago vacío. ¿Pero qué pasa si, como buen español, murmuras entre dientes “…hasta el rabo to es toro…” y lo persigues hasta que uno de los dos reviente? Pues pasa que, sobre todo si hase musha caló, el que revienta es el bicho y esa noche cenas caliente.

Tiene que ver con que los cuadrúpedos no pueden jadear al galope, sólo al trote. Así que a un bicho de cuatro patas que no sude, forzado a galopar, acaba dándole un yuyu chungo por recalentamiento. Sí, parece difícil de creer, pero para convencer a los escépticos aun hoy hay al menos una tribu en África que caza así, ¡dentro vídeo!

Basta con un par de pies

febrero 12, 2010

Hace un par de semanas, el 28 de enero para ser exactos, sucedió algo de lo más chiripifláutico: Nature llevaba en portada la foto de los pies descalzos de unos negritos del valle del Rift.

Y en páginas interiores, además de todo lo que usted siempre quiso saber, pero no se atrevía a preguntar, sobre la reductasa epóxida de la vitamina K, la chicha del asunto: un artículo de Daniel E. Lieberman, con el sugerente título de Foot strike patterns and collision forces in habitually barefoot versus shod runners, que podría traducirse libremente por Comparación de patrones de pisada y fuerzas de impacto entre corredores habitualmente descalzos y calzados.

Los propios editores de Nature resumen el artículo afirmando que “la comparación de la biomecánica de corredores habitualmente calzados y habitualmente descalzos, sugiere que correr descalzo no sólo es confortable, sino que podría ayudar a evitar algunas lesiones de estrés repetitivo.” Para quien entienda el inglés, los detalles, junto con consejos para empezar a correr descalzo, se pueden consultar en la página web del Departamento de Biología Evolutiva Humana de la Universidad de Harvard, del que Lieberman es catedrático. Hay además un vídeo en el que explican los principales hallazgos, con una frase memorable bien al principio: se suele decir que para correr sólo hace falta un par de zapatillas, pero no es cierto: basta con un par de pies.

Sobre todo a este lado del Atlántico, supongo que a la mayoría del personal esto le hará abrir los ojos como platos de pura incredulidad. Pero la verdad es que llueve sobre mojado. La única novedad es que sean Nature y Harvard quienes le den el marchamo de respetabilidad a un estudio que se suma a muchos otros en la misma línea. Y la evidencia empieza a amontonarse en contra de los fabricantes de zapatillas.

Lo que pasa es que es una evidencia un poco circunstancial, porque lo verdaderamente interesante sería saber si todas esas claras, clarísimas, diferencias biomecánicas se traducen en una menor incidencia de lesiones. Que tiene toda la pinta de que así debiera ser, pero lo que es saberlo no lo sabemos seguro. Así que de momento tendré que seguir esperando a que alguien se decida a financiar y llevar a cabo ese estudio epidemiológico que me saque de dudas sobre si soy gilipollas o no